Un retrato de la construcción del imaginario social de la última dictadura cívico-militar

Por: María Merlina Wehrend [I]

La imagen pertenece a la colección de los años 76´ al 82´ del Museo Histórico Fotográfico Municipio de Quilmes, recientemente expuesta en la muestra fotográfica de la Noche de los Museos, en el Centro Cultural Hilda Perata[1]. Se trata de un periodo donde la Argentina atravesó una de las dictaduras más cruentas de su historia, autodenominada “Proceso de Reorganización Nacional”. Hace varias décadas que se utiliza el término de dictadura cívico-militar para referirse al golpe de Estado que se dio entre los años 1976-1983. Ya que se busca la responsabilidad y el juzgamiento de todos los actores sociales involucrados y participes necesarios para llevar a cabo el plan sistemático de terrorismo de Estado (Montero, 2022).

A primera vista en la fotografía se puede observar un primer plano de un auto rojo descapotable con 4 niños en su interior, disfrazados de la Junta Militar gobernante, que van escoltados por un grupo de granaderos. En segundo plano, pero no menos importante, aparece el público en las gradas presenciando el espectáculo del acto cívico-militar. Volviendo a los protagonistas de la imagen y a la distribución de sus cuerpos en el vehículo, surgen las siguiente preguntas: ¿Qué es lo que está comunicando la imagen? ¿Qué imagen quieren representar o construir los militares en el imaginario social de esa época? ¿Por qué hay un niño vestido de civil con banda presidencial? ¿Qué conexión existe con el proyecto político que intentaban llevar a cabo? La fotografía da cuenta de dos realidades que la comunidad quilmeña estaba viviendo, por un lado la legitimidad de una dictadura a través de los diferentes actos públicos (visible) y por otro lado a unas cuadras la existencia del Pozo de Quilmes[2] (invisibilizada), hoy en día convertido en Sitio de la Memoria. La contradicción de los militares de festejar la vida y el futuro en la figura de los niños, y al mismo tiempo secuestrar familias, apropiar bebés, desaparecer personas y finalmente matar. A la vez la dinámica de creación y destrucción que se dio al mismo tiempo fue perfectamente coherente con la parte principal del proyecto político que se llevó a cabo.

La imagen además propone una aproximación a partir de un estímulo visual, donde se activan los diferentes sentidos y sus significaciones, con relación a conexiones conceptuales y afectivas (Augustowsky, 2003). Esto implica reconocer y recurrir a un saber acumulado en el pasado, en este caso a un periodo de historia reciente en la Argentina. La percepción humana no es inocente, sino que está condicionada por el aprendizaje cultural y al mismo tiempo el autoaprendizaje, por lo tanto la visión siempre es un fenómeno socializado (Augustowsky, 2003). Por eso la percepción visual es un proceso cognitivo y emocional, individual y a la vez colectivo. Por ejemplo, una persona que no conoce el contexto de la imagen le puede parecer pintoresco ver a unos niños representando gente adulta con un bigote. Para aquellos/as que conocen la historia detrás de la fotografía, le puede llegar a afectar (emocionalmente) o por lo menos no le será indiferente. Para Metz (1970) la imagen propone un espacio comunicacional, abierto al juego de los diferentes sentidos e interpretaciones intrínsecos al interior de las sociedades. Las figuras que aparecen proponen un discurso, un orden social, un proyecto político y cultural, en detrimento de otros existentes o posibles.

La fotografía retrata el instante preciso de un acto cívico-militar, pero queda implícito lo que no se ve, en este caso la contracara de una de las peores dictaduras, en la cual conviven ambas realidades. Beceyro (2003) señala que toda imagen propone un juego de lecturas, la primera es el hecho real, un desfile donde se ve unos niños actuando de militares haciendo la venia, a un público que arenga desde unas gradas y en el fondo sobre la vereda, a los vecinos de Quilmes, custodiados por soldados. En las gradas se puede detectar el clima festivo por las expresiones de las caras, además del estatus social que podrían tener los espectadores al estar en ese sector de privilegio. Pero cuesta un poco más distinguir las emociones del sector del fondo, que incluye a la gente del balcón con la bandera. Una segunda lectura podría ser la del fotógrafo/a, cuya autoría es anónima y que a grandes rasgos da cuenta del mero registro de un evento local importante. En este caso, no conocemos fehacientemente la intención del autor/a, pero se puede observar el punto de vista de los/las espectadores, lo que ellos/as ven en ese preciso momento.

Y una tercera lectura es la que propone este trabajo, a través de diferentes autores, donde los/las lectores se convierten en espectadores de dicha imagen. Todo espectador/a aborda una imagen desde el propio saber, desde sus prejuicios y sus valores. Teniendo en cuenta lo anterior, toda imagen comunica mucho más de lo que realmente su autor/a quiere transmitir. En principio, se desarrollará el marco teórico y las investigaciones históricas con las que se analizará el recurso visual. Finalmente, partiendo de esa base, se presentará una interpretación posible de la relación entre aquel acto público local, con el proyecto político cívico-militar nacional.

Hay algo del imaginario social que está en juego en ese acto cívico-militar, es lo que Castoriadis (1975) señala como flujo de representaciones, donde se ligan rupturas y continuidades propias del ejercicio imaginativo. Para entender esta lógica la idea de creación resulta clave, ya que forma parte de la experiencia individual y del flujo de las propias representaciones. Es lo que el autor denomina imaginario instituyente, donde no hay nada fuera del aspecto social histórico, ya que constituye la condición esencial de la existencia del pensamiento y la reflexión (p. 3). En este sentido, la sociedad como tal es autocreación, es por eso que en ese acto público se está representando y también se está creando un imaginario social, que convive con otros disidentes o contrapuestos.

Con relación a esta construcción del imaginario, uno de los temas que aborda la historia reciente tiene que ver con el análisis de las actitudes sociales con respecto al consenso, la oposición, la neutralidad o la apatía hacía el régimen militar. A esto se le suman las estrategias de autolegitimación de la dictadura, donde utilizan diferentes herramientas simbólicas y materiales, para crear un campo de subjetividades donde intervienen percepciones, emociones, experiencias propias y colectivas. El fin de estos mecanismos de subjetivación social es moldear la forma de ver y de pensar la realidad. Con respecto a esto Robertini (2025) en Una dictadura de y para las personas comunes, analiza el papel que jugó la revista Gente, como herramienta discursiva, en la representación del golpe como “solución necesaria” frente a la crisis, la construcción de la violencia guerrillera como amenaza y la figura de Videla como “hombre común” y militar moderado (p.2). En este punto se complejiza el análisis de las actitudes sociales frente a estos bombardeos mediáticos, cuando se piensa a la sociedad como un ser en sí misma, con autocreación y autoorganización.

En este sentido la última dictadura no se sostuvo sólo a través de la represión, sino a través de diferentes procesos de legitimación: económicos, políticos, sociales y culturales. Las formas de dominación modernas no solo se contentan con el acceso al poder inmediato a través de motivos materiales, sino que a la larga buscan fomentar la creencia en su legitimidad por parte de la sociedad (Weber, 1922). Por un lado, es importante el carácter que tomó el régimen dictatorial (incentivos y terror), ya que eso determina el tipo de obediencia y de consenso establecido por la sociedad y los cuadros administrativos para garantizarla. Por otro lado, debe considerarse a la legitimidad como una probabilidad, ya que puede ser aceptada, fingirse, o ser temporaria. De ahí que, desde su propia pretensión, la dictadura buscará mecanismos de legitimación para terminar consolidando una forma de dominación específica (p. 171). En esta línea, resuena una famosa frase de un poeta francés: “La era del orden es el imperio de la ficción. Ningún poder es capaz de sostenerse con la sola opresión de los cuerpos con los cuerpos. Se necesitan fuerzas ficticias” (Valéry, 1940).

Dentro de este marco no se puede pensar a la dictadura solo por el uso extremo de una violencia organizada y sistemática, ya que también generó mecanismos simbólicos de aceptación social. Los actos públicos, entre otros elementos, son parte de las herramientas o medios utilizados para construir aceptación, consenso y validación por la sociedad. Aquí entra en juego la puesta en escena como herramienta para la creación y la reproducción de los imaginarios sociales. En este caso, la búsqueda de legitimación se dio a través de la fiesta popular del Día del Niño, esto demuestra el intento de acercarse a sectores populares de la población (visible). Todo esto sin dejar de lado el uso de la violencia que se daba a tan solo unos kilómetros dentro del Pozo de Quilmes (invisibilizado). De esa manera, en lo público el imaginario social que se está representando y creando en la imagen/acto, es el de un gobierno que busca la legitimación civil. Siendo esto un elemento esencial del nuevo proyecto político del régimen a largo plazo.

Volviendo a la imagen, esta retrata una forma de hacer política y una construcción civil del poder, cuyo rasgo puede encontrarse en la figura del niño vestido de civil portando la banda presidencial de Jorge Rafael Videla. Antes del golpe de Estado, la revista Gente comenzó a montar una imagen de él como un hombre común, como reflejan unas fotografías donde se lo ve de visita a una escuela y cuarteles junto a su familia (Robertini, 2025). Una vez en el gobierno se mostrará en diferentes apariciones televisivas vestido de civil con traje y corbata, como en la conferencia de prensa de diciembre del 79´ que frente a una pregunta por los desaparecidos menciona: “[…] pero mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido”[3]. Otro intento para perfilarse como hombre común, fueron las cartas y mensajes entre Videla con ciudadanos comunes, tratando de generar la idea de un “amigo” del pueblo que escuchaba a los trabajadores (Robertini, 2025).

Siguiendo esta cuestión de lo civil, el proyecto y la legitimidad de la dictadura de 1976 a 1983, las diferentes investigaciones y trabajos académicos en historia, dan cuenta que a partir del 76’, el régimen comienza a establecer los ejes principales que darán la impronta a su gobierno. En principio, serán el enfrentamiento a la subversión, la lucha contra la corrupción, la demagogia y la defensa del ser nacional. Todo esto siendo parte de una construcción discursiva fomentada desde los medios de comunicación. En esta primera parte, el gobierno implementa un plan sistemático de aniquilamiento de los opositores, que incluía secuestros y asesinatos en la clandestinidad. Le siguió la suspensión de partidos políticos y la intervención de los sindicatos, disolvió la CGT y la CGE, y penalizó el derecho a huelga. Y en el plano económico el Estado dejó de intervenir, para facilitar el libre mercado y la concentración de capitales (Vivanco y Di Rienzo, 2011).

En esta línea para mediados del 78’, el régimen atravesaba ciertas ventajas sociales y económicas, como la victoria del mundial, la supuesta derrota de la guerrilla y cierta estabilidad económica con aumento del tesoro nacional, a pesar de la inflación. Sin embargo, Canelo (2005) señala que no pudieron sacar provecho de esa situación favorable para lanzar el Plan Político, por las diferencias entre las facciones al interior de las Fuerzas Armadas. Por un lado, existía una facción revolucionaria o dura en los altos mandos de la Fuerza Aérea y en cierto sector del Ejército (Comandantes de Cuerpo) con un sentido de refundación nacional, corporativista y con permanencia en el poder sin estar en el gobierno; por otro lado, había una facción moderada abierta a una eventual convergencia cívico-militar a largo plazo, pensando en la renovación de los partidos tradicionales y del sistema político enmarcada en el Movimiento de Opinión Nacional, el principal exponente de esta línea era Videla; finalmente estaba la facción politicista con la figura de Viola, estos consideraban que los partidos políticos y las organizaciones sindicales existentes podían tenerse en cuenta para sostener el proceso de legitimación (pp. 68-69).

Suriano (2005) señala que las diferencias al interior del gobierno de facto generaron la tardía sanción de un proyecto político para la transición. Al salir este prevaleció el acuerdo entre moderados y politicistas, con respecto a las condiciones necesarias para el retorno de la democracia. De esa manera, en diciembre de 1979 la dictadura lanzó las “Bases políticas de las Fuerzas Armadas para el Proceso de Reorganización Nacional”, con el objetivo de ir construyendo el camino hacia una transición pactada. Pasando de un gobierno militar legitimado hacia una democracia republicana, federal y tutelada por las FFAA (Vivanco y Di Rienzo, 2011). Las Bases responden a una convocatoria o apertura al diálogo entre el gobierno y los civiles. Todo esto, dentro un contexto de crisis económica (el frente interno) y de la presión de organismos de derechos humanos (el frente internacional) por los crímenes lesa humanidad cometidos por el régimen (p. 9).

El nuevo proyecto político tenía pautas a seguir que consistían en la reivindicación pública de la lucha contra la subversión y la aceptación de la tutela por parte de las Fuerzas Armadas. Los partidos políticos no excluidos debían aceptar estas condiciones, para ser parte del proyecto de transición. Por un lado, la propuesta giraba en torno al diálogo, como forma de generar consenso, el cual no pretendía una apertura política y por otro lado, exigía la renovación del plantel político (Suriano, 2005). La imagen de civil de Videla es parte de dicha renovación, al mostrarse ante la sociedad como un político moderno con una “dictadura de y para las personas comunes” (Robertini, 2025, p. 3).

Un punto interesante del proyecto y de la práctica política civil del gobierno militar, se expresaba en la instancia de gobierno más cercana a los ciudadanos. Diferentes investigaciones han estudiado la participación civil, en el Plan Político militar, desde el nivel municipal. Canelo (2015) detecta en los municipios, estrechas complicidades de la dictadura con los cuadros de gobierno civiles y con las diferentes instituciones públicas y privadas. En este sentido, las intendencias pasarán a ser grandes bastiones para llevar a cabo el plan sistemático del terrorismo de Estado. La Dirección Nacional de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario del Ministerio de Defensa Argentino, en 2013, desclasificó un corpus documental, donde se encontraban las Actas de la dictadura referentes a los municipios[4] (p. 408). Para la época una cuestión importante era que de 1.697 municipios, solo 170 estaban conformados por intendentes militares, el resto eran civiles provenientes de los partidos tradicionales como el UCR, PJ, PDP, MID, entre otros (Lvovich, 2009). En el caso de la localidad de Quilmes el intendente civil Julio Ernesto Casanello, fue uno de los dirigentes que más duró en el poder durante la última dictadura (1979 – 1982). Esto da cuenta de la importancia de la cuestión civil en el ejercicio del poder militar, para llegar a los diferentes estratos sociales de manera directa y eficaz, tanto en la cuestión política como en el ejercicio del terror (Franco, 2026). En este sentido, se destaca la dimensión municipal, ya que contiene la mayoría de los dispositivos de cercanía del poder: escuelas, comisarías, iglesias, hospitales, etc. Tanto para construir el consenso y la legitimidad como para lograr la gubernamentalidad: «arte de conducir, dirigir, encauzar, guiar, llevar de la mano, manipular a los hombres [mujeres] […] un arte cuya función es tomarlos a cargo colectiva e individualmente [población] a lo largo de toda su vida y en cada momento de su existencia” (Foucault, 2006[1978-1979], pp. 192).

Después de haber realizado un recorrido teórico e historiográfico, por los diferentes autores/as, es conveniente volver al análisis de la imagen y a las preguntas formuladas al inicio de este trabajo. Ya que teniendo estas herramientas conceptuales se pueden generar nuevas interpretaciones fundadas, que van más allá de una visión personal y posiblemente sesgada por el sentido común. Siguiendo este camino la imagen da cuenta de la construcción de una puesta en escena, donde está en juego la creación de un imaginario social instituyente, que busca establecer prácticas y sentidos de pertenencia con el régimen, a través de una dualidad performática cívico-militar. La cuestión de la pertenencia es clave porque en esa dimensión se juega la integración y la exclusión. Están quiénes se encuentran dentro del proyecto del régimen, tanto por acción u omisión, y quiénes quedaron afuera por ir en contra de ese imaginario social. En este sentido, los integrados/as son los grandes dadores de legitimidad y piezas fundamentales para llegar al consenso. Esto se ve reflejado en las “Bases Políticas”, a la hora de la construcción a largo plazo, en este sentido aquellos/as que compartan la misma ideología con el régimen, quedarán dentro del proceso de transición. En cambio los excluidos eran la grieta que “atentaba” contra el proyecto único y posible impuesto por el régimen. El destino de este sector de la sociedad es de público conocimiento y representa una de las páginas más trágicas de la historia Argentina. La imagen refleja a los civiles integrados en el ámbito público, la cara visible que la dictadura quiere mostrar. En contraposición de los excluidos que están invisibilizados, porque el mismo régimen los categoriza como desaparecidos “[…] es una incógnita es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido” (Videla, 1979).

Gran parte de lo invisibilizado en la imagen es uno de los temas claves de la historia reciente, pero sería importante dirigir la mirada a lo visible. En la imagen los partícipes del acto son los dos grandes sectores de la sociedad que integran el proyecto. Por un lado, están los militares siendo los que conducen (desde atrás) y por otro lado, los civiles que están al frente pero no terminan de conducir. Este último sector tiene dos dimensiones interpretativas. Desde abajo, son la compacta mayoría que brindan consenso, cuadros políticos y legitimidad, y vistos desde arriba son los sujetos que están bajo la dominación del régimen. En este sentido, para los militares los civiles son el medio y el fin de la gubernamentalidad.

Al volver sobre la imagen y la distribución de los cuerpos de los niños dentro del vehículo, se puede observar cierta representación, que implica por lo menos, tres dimensiones de interpretación. Todo esto teniendo en cuenta que la puesta en escena del acto cívico-militar no es ingenua ni casual, sino que corresponde a una planificación desde las autoridades locales.

La primera dimensión tiene en cuenta al niño vestido de presidente que no lleva uniforme militar, que alude a un gobierno de conducción política civil. Esto da cuenta de la figura de un gobernante común, moderno y democrático, que puede tener más llegada a los ciudadanos, alejándose de la solemne distancia que impone lo militar. Algo de esta representación es lo que Videla intentó hacer a la hora de mostrarse en sus últimos años de gobierno, si se piensa en clave de los aspectos del “hombre común” señalados por Robertini.

En una segunda dimensión, la puesta en escena anticipa y refleja el proyecto político a largo plazo, desarrollado en las Bases políticas de las Fuerzas Armadas para el Proceso de Reorganización Nacional (1979). En este sentido, los niños están presentados dentro una jerarquización en el espacio, donde por delante se encuentra lo civil (presidente) y por detrás aparece la representación de todas las fuerzas armadas. Pero si se invierte el sentido del orden espacial, se puede observar que el presidente se encuentra tutelado por las fuerzas armadas. Esta interpretación remite a lo planteado por el consenso historiográfico de los/las autores trabajos, sobre el proyecto político a largo plazo, de la última dictadura cívico-militar. En términos del modelo que el régimen estaba orquestando para la transición, a la hora de construir una “democracia” republicana, federal y tutelada por las fuerzas armadas.

La tercera y última dimensión, incorpora el tema del nivel municipal y la gobernanza civil. Volviendo a la representación de la imagen, de manera indirecta se reflejan las formas de hacer política en los municipios, donde los intendentes en su gran mayoría no eran militares, sino políticos de distintos partidos alineados al régimen. Esto en consonancia con las investigaciones de Lvovich, que destaca la conducción civil de los municipios en comparación a las otras instancias de gobierno. La idea de todo esto es que los militares querían formar una descendencia, a partir de cuadros políticos no militares en los diferentes municipios. En este punto es donde se estaba creando el futuro tutelaje militar.

Pero finalmente todo el proyecto fracasó porque su base no era la creación sino la exclusión y la muerte. El terror que quisieron invisibilizar, en parte terminó saliendo a la luz, pero todavía quedan espacios de oscuridad latentes en la sociedad. Ya que es un pasado que no termina de pasar, porque los efectos nacidos de los imaginarios sociales construidos durante la dictadura cívico-militar aún perviven en las distintas capas de la sociedad. Una de las herramientas que la sociedad supo construir y reconstruir, fue la memoria colectiva, la cual permitió llegar al análisis de dicha fotografía. Todo esto gracias al trabajo de los distintos espacios para la memoria y de las políticas públicas, impulsadas luego de la recuperación de la democracia. Aunque, todavía falta mucho por hacer en la recuperación de archivos locales que den cuenta del paso de la dictadura en los territorios municipales. En este sentido, todavía queda tarea por hacer y esto remite a una importante frase: “en cada generación hay que escribir la Historia, no sólo porque surgen nuevos descubrimientos, sino porque los lectores son diferentes, con distintos supuestos, y necesitan que se les expliquen las cosas sobre el pasado de otra manera, bajo otros parámetros.” (Burke, 2013)

Bibliografía

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[1] Noche de los Museos de Quilmes, organizado por el Municipio y en articulación con distintas instituciones culturales.

[2] Ex Pozo de Quilmes, donde funcionó un centro clandestino de detención y exterminio entre los años 75´ al 79´.

[3] Documentos históricos, La conferencia de prensa de Videla. «El desaparecido no tiene entidad». TV Pública

[4] La documentación se encontró en el edificio Cóndor de la Fuerza Aérea Argentina


[I] María Merlina Wehrend: