Resumen
El presente trabajo analiza la trayectoria política e intelectual de Néstor Perlongher como una vía para pensar las continuidades y rupturas entre las lógicas autoritarias de la última dictadura argentina (1976-1983) y ciertas formas contemporáneas de regulación sobre los cuerpos y las sexualidades disidentes. A partir del análisis del documento 1975: La crisis de la normalidad burguesa (1976), publicado en el último número de la revista SOMOS del Frente de Liberación Homosexual, y de los ensayos Caribe transplatino (1991) y La desaparición de la homosexualidad (1991), se reconstruye el desplazamiento desde una militancia sexual orgánica hacia una política del deseo elaborada en la escritura neobarrosa. El trabajo sostiene que, frente a la represión estatal, la censura y posteriormente la medicalización vinculada al VIH-SIDA, la obra de Perlongher configuró una forma de resistencia estética y política que desbordó las categorías identitarias fijas. Asimismo, se propone que revisitar estas experiencias permite iluminar persistencias contemporáneas de discursos de patologización, normalización y control sobre las disidencias sexuales.
Palabras clave: género, cuerpos, sexualidades disidentes, militancia, neobarroco
Introducción
La emergencia de la militancia orgánica homosexual en la Argentina de los setenta constituye sin duda una de las experiencias políticas más singulares del período. En un contexto marcado por la radicalización de las izquierdas, la politización de lo cotidiano y la difusión de discursos emancipatorios, el Frente de Liberación Homosexual (FLH) tuvo una participación inédita en el espacio público al articular sexualidad, política y revolución, realizando una crítica sobre las dinámicas sociales vigentes. Sin embargo, aquella promesa de revolución sexual se vio rápidamente interrumpida por la violencia paraestatal y la disolución de la organización, motivada por el miedo y la amenaza constante del terror.
Entre quienes protagonizaron la experiencia del FLH, la figura de Néstor Perlongher ocupa un lugar singular. Militante, poeta, sociólogo y ensayista, Perlongher fue testigo y actor de un doble proceso: la desarticulación de la militancia sexual como experiencia colectiva y la persistencia de una política disidente que encontró en la escritura neobarroca una forma activa de intervención, aún en el exilio, aún en el terror, aún en la censura. Su trayectoria permite interrogar los desplazamientos entre militancia, deseo y producción de subjetividad, en un escenario marcado por la derrota política, la represión y la enfermedad.
La presente producción se propone analizar cómo la militancia política de Perlongher se torna política del deseo en su escritura, y qué revela esa transformación sobre la crisis de la promesa de revolución sexual en el contexto de la última dictadura y más tarde, de la epidemia de VIH-SIDA. Para abordar esta temática, se abordará un documento que se encuentra publicado al principio de la revista SOMOS n°8 (último número de la revista del FLH) titulado 1975: La crisis de la normalidad burguesa, además de una selección de ensayos de Perlongher titulados Caribe transplatino (este ensayo es el prólogo de Caribe transplatino. Poesía neobarroca cubana y rioplatense (1991). Y, por otro lado, el escrito La desaparición de la homosexualidad (1991) publicado en la revista El Porteño n°119.
Así, nos proponemos reconstruir un breve itinerario que va desde la promesa revolucionaria de los años setenta hasta una escritura atravesada por el deseo, la derrota y la enfermedad, entendiendo en esa transformación no sólo una trayectoria individual, sino también una vía para reflexionar sobre las persistencias y mutaciones de los mecanismos de control sobre los cuerpos y las disidencias sexuales. Revisitar hoy la experiencia del FLH y la obra de Néstor Perlongher implica interrogar cómo ciertas formas de disciplinamiento y exclusión continúan reorganizándose en el presente. Aunque estos mecanismos ya no operan exclusivamente mediante la censura o la persecución estatal directa, persisten modalidades de regulación moral, patologización y estigmatización que reaparecen en discursos políticos, mediáticos y comunicacionales contemporáneos.
La militancia sexual como experiencia histórica: el FLH y la crisis de la normalidad
La emergencia del Frente de Liberación Homosexual (FLH) en Argentina a comienzos de los años setenta constituyó una de las experiencias políticas más singulares del período, no sólo por sus demandas vinculadas al ámbito de la sexualidad, sino porque cuestionó de manera directa las formas en que el orden social definía qué cuerpos, deseos y modos de vida podían ser considerados legítimos. Esta organización política fue fundada en el año 1971 en el Barrio de Once en Buenos Aires y estuvo conformada por intelectuales y militantes afiliados a diversas corrientes ideológicas, que iban desde el marxismo hasta el cristianismo y el peronismo, con un fuerte componente anticapitalista, antipatriarcal y antiimperialista. Este colectivo se encontró en relación activa con la izquierda (peronista y trotskista), el feminismo, la cultura homosexual y el Estado (Simonetto, 2017) y tuvo como principal objetivo hacer la revolución social y sexual. Este principio se basa en que, para llegar a un cambio político estructural significativo, es necesario revisar la moral dominante que oprime a las personas homosexuales por ligar el sexo únicamente con la función de reproducción. Así, la revolución comprendía una constante transformación del individuo y sus estructuras cotidianas.
La emergencia de una militancia sexual organizada en el seno de un campo político con gran presencia de izquierdas no estuvo exenta de tensiones. Como muestra De la Dehesa (2007) para el caso brasileño, la liberación homosexual fue durante largo tiempo considerada dentro de los partidos como un tema maldito, asociado a la decadencia burguesa, a la desviación moral o incluso a una distracción frente a la lucha de clases. La sexualidad era entendida como un problema privado, incompatible con la figura disciplinada del arquetipo de militante revolucionario. En el caso argentino, como señala Isabella Cosse (2017), el tema no fue tratado de forma diferente: las organizaciones de la izquierda armada construyeron una moral revolucionaria fundada en la heterosexualidad obligatoria, la monogamia y la subordinación de la vida privada a la disciplina partidaria, concibiendo la libertad sexual como una amenaza al orden militante y asociando el desvío erótico con la deslealtad política:
“En las organizaciones armadas en Argentina lo personal adquirió sentido político en un colectivo que asumía la refundación moral con el objetivo de desterrar los valores capitalistas (como el individualismo) de las relaciones sociales, pero, también, de las familiares y amorosas” (p. 16).
Sin embargo, la irrupción de una nueva generación de activistas y la influencia de las contraculturas de fines de los años setenta intentaron redefinir los límites de lo político, incorporando el cuerpo, el deseo y la vida cotidiana como terrenos de disputa, convirtiéndose en una posición marginal, pero existente al fin y al cabo.
Entre los miembros destacados del Frente de Liberación Homosexual se encontraron Néstor Perlongher, rápidamente conocido como “el alma” del FLH, poeta y sociólogo, ex militante trotskista del Partido Obrero, apodado “Rosa Luxemburgo”, oriundo de Avellaneda, zona sur; Héctor Anabitarte, escritor, actual residente en España luego de su exilio en los tiempos de dictadura, en aquel entonces trabajador del Correo Argentino; Néstor Latrónico, también oriundo de Avellaneda y poeta, quien viajó desde Nueva York hasta Argentina durante el retorno del peronismo motivado por la creación del FLH luego de haber tenido su experiencia estadounidense con el Gay Liberation Front (GLF), y cabe destacar también a Sergio Pérez Álvarez, docente, pedagogo y psicólogo, quien ejercía su profesión como director de escuela al momento del nacimiento del FLH, entre otros miembros también se encontraban Manuel Puig, Juan José Sebreli y Blas Matamoro. Desde sus diversas trayectorias y tradiciones políticas, nació un espacio heterogéneo que formuló nuevas formas de comprender la relación entre sexualidad, ciudadanía y revolución. Rescatamos la figura de Néstor Perlongher, quien adquiere una densidad singular: no sólo participó activamente de la militancia orgánica, sino que fue elaborando, de manera temprana, una reflexión crítica sobre el deseo, el cuerpo y la política que desbordó los marcos tradicionales de la acción partidaria, llevándolo incluso a estudios del campo antropológico y producciones ensayísticas y literarias.
Resulta necesario situar este análisis en una perspectiva teórica que permita pensar el género y la sexualidad como construcciones históricas atravesadas por relaciones de poder. En este sentido, tomamos los aportes de Joan Scott (2016), quien propone entender el género, no como una mera descripción de diferencias sexuales, sino como una forma primaria de significar relaciones de poder. Esta perspectiva permite leer la sexualidad como un campo de producción de jerarquías y exclusiones. La existencia del FLH representó una experiencia histórica situada que supo disputar activamente los sentidos asociados al cuerpo, el deseo y la ciudadanía, e incluso de la militancia, dando una voz orgánica a actores sociales disidentes de la norma, representando una amenaza y una contestación directa hacia el orden heteropatriarcal normalizado.
La Revista Somos[1] fue el principal órgano gráfico del Frente de Liberación Homosexual durante su período de actividad, con publicaciones que van desde 1973 hasta 1976. Sólo consta de ocho números totales, con una irregular periodicidad, alcanzando un aproximado de quinientos ejemplares por número. La Revista fue definida como un instrumento de lucha en sí misma, y pretendía ser clave para el proceso de concientización de las masas oprimidas. A partir de 1975, ante un clima de represión y violencia que dio paso al Golpe del ‘76, las publicaciones cambiaron su formato, yendo de una estética de fanzine a boletín informativo mecanografiado, lo que reflejó la baja actividad militante. El último número de Somos publicado en enero de 1976, presentaba una denuncia de (o contra) la represión y la violencia paraestatal bajo el título de 1975: La crisis de la normalidad burguesa, a la vez que disputaba sentidos sobre la persona homosexual como sujeto oprimido. En este texto inaugural del número, los miembros del FLH establecen una relación directa entre la crisis política e institucional que atravesaba el país y el recrudecimiento de la persecución hacia las comunidades homosexuales. La apelación a una supuesta “normalidad sexual” aparece allí como un mecanismo de ordenamiento social que, frente a un escenario de crisis, necesita reforzar sus fronteras mediante la identificación de cuerpos y deseos considerados desviados o peligrosos. En este sentido, la denuncia del FLH adquiere una relevancia política central: al señalar que se intentaba expulsar a las personas homosexuales del espacio social, el documento expone cómo las sexualidades disidentes eran construidas como una amenaza para el orden moral y político. La figura del homosexual comienza entonces a ser producida como un sujeto sospechoso, cuya exclusión y persecución podían legitimarse en nombre de la defensa de la normalidad. Gisela Bock (1991) critica la naturalización de la diferencia sexual e indica que la biología funciona como un legitimante de la misma. Frente a discursos que afirmaban que la homosexualidad era una desviación natural o un error biológico, el FLH afirma que lo que está en juego no es la biología, sino la organización política del género y la sexualidad. Se denuncia cómo el Estado y la moral dominante utilizaron argumentos para deslegitimar identidades y llevar adelante la represión. Esto se articula directamente con el planteo de Bock: en nombre de la naturaleza se justifican desigualdades que son construcciones históricas, no biológicas. Somos nº8 expone que la violencia contra las personas homosexuales es un acto político, un modo de legitimar las relaciones de poder desiguales mediante la exclusión y la represión avalada por el Estado.
El progresivo endurecimiento del clima político hacia fines de los setenta, las tensiones con los partidos de izquierda, el avance de la violencia paraestatal y la instauración de un régimen de persecución sistemática hacia cualquier entidad capaz de abrir un camino hacia la libertad de expresión marcaron el fin de la organización. Entre 1975 y comienzos de 1976, el FLH se vio obligado a reducir sus actividades, clandestinizar sus publicaciones y finalmente disolverse, anticipando el escenario de terror que se instaló formalmente con el golpe de Estado aquel 24 de marzo. La revolución sexual, pensada como parte indisociable de una transformación social más amplia, encontró así un límite histórico preciso: la imposibilidad de sostener una práctica colectiva orgánica bajo condiciones de represión, censura y miedo. En términos de Joan Scott (2001), la experiencia no constituye un dato originario ni una evidencia transparente, sino un proceso histórico mediante el cual los sujetos son producidos y reconocidos dentro de determinados marcos discursivos. El fin de esta experiencia no implicó únicamente el fin de una organización, sino la interrupción violenta de un proceso de politización del deseo, plasmado en un organismo concreto que pretendía abrir nuevas formas de entender el mundo, al habilitar nuevos debates sobre qué es ser militante y pensar en la sexualidad como un elemento político que constituye a los sujetos. La crisis del FLH puede leerse como una crisis de las condiciones mismas de posibilidad de la experiencia: al desarticularse espacios orgánicos de acción y discusión, la identidad homosexual deja de poder constituirse como sujeto colectivo visible y se ve forzada a replegarse hacia otros registros que, como señalan Flavio Rapisardi y Alejandro Modarelli (2001), se situaron en baños públicos, fiestas privadas o recorridos nocturnos de la ciudad. Esta fractura se describe en 1975: La crisis de la normalidad burguesa, cuando el FLH formula una lectura política que anticipa tanto su propia disolución como el cierre de un ciclo histórico: al afirmar que lo que se encuentra en crisis no es la desviación sino la normalidad sexual misma, el texto revela la radicalidad de una apuesta que ya no encuentra condiciones materiales de posibilidad. La denuncia de la violencia estatal, la conciencia de una ofensiva moral y cierto tono de despedida que atraviesan el documento convierten a este escrito en una especie de “testamento político». Aquí se condensa la potencia y el límite, sin cinismos de por medio.
En este desplazamiento, la trayectoria de Néstor Perlongher adquiere un valor paradigmático: donde la experiencia militante orgánica se vuelve inviable como práctica compartida con la disolución del FLH, la escritura opera como un espacio de producción de subjetividad y de persistencia política en el contexto de dictadura. El pasaje de la acción colectiva a una política del deseo elaborada en el campo literario permitirá, como se verá a continuación, pensar una forma singular de elaborar la derrota, la represión y la crisis de la revolución sexual en tiempos de dictadura.
Neobarroco y disidencia: escritura y experiencia en Caribe Transplatino
En una visión histórica redactada por Néstor Perlongher en 1985 sobre el FLH, dice
“En cuanto a los resultados concretos, el FLH argentino construye, a todas luces, un fracaso (…) para quienes han intervenido consecuentemente en él constituye, empero, una experiencia indeleble; y demostró, en última instancia, que un alto grado de concientización es posible aún en el contexto de una sociedad tan altamente represiva” (Perlongher, 2016 [1985] p. 83).
Esta declaración en retrospectiva funciona como un balance político sobre lo vivido en los años de actividad del FLH, da el fin de un ciclo político orgánico, pero no de la esfera de acción que el poeta continuó. Durante los años de la dictadura, Perlongher, desde su exilio en Brasil, continuó dedicándose al estudio de comunidades homosexuales brasileñas, plasmando en su tesis de Maestría en Antropología Social la descripción de las dinámicas de las calles y de la de prostitución masculina, realizando un trabajo de campo tan sólido como comprometido. Es tal vez en ese mismo compromiso en el que es posible inscribir su escritura.
Lejos de concebir la literatura únicamente como un refugio estético, Perlongher la convirtió en un laboratorio de experimentación política, donde la lengua, el cuerpo y el deseo se inscriben como territorios de disputa. Cecilia Palmeiro (2011) sostiene que existe un vínculo inmanente entre experiencia militante y producción poética en la obra de Perlongher. La autora propone pensar su escritura como una política del cuerpo desterritorializado, donde el deseo funciona como una fuerza capaz de desarmar las formas estables de identidad y las lógicas de normalización social. En Caribe Transplatino publicado en 1991, Perlongher propone una lectura del estilo neobarroco cubano y rioplatense como una forma de insubordinación simbólica frente a los dispositivos de normalización cultural. Se realiza una historización que permite comprender el agotamiento del barroco como corriente estética antigua, que renueva sus retóricas bajo la idea del “pliegue”, que da paso al neobarroco o, en sus propias palabras, neobarroso[2]. Se hace mención de autores como José Lezama Lima, Arturo Carrera, Leónidas y Osvaldo Lamborghini, Tamara Kamenszain y Roberto Echavarren que, desde distintos registros, exploran formas de exceso verbal, desplazamiento sintáctico y erotización del lenguaje que tensionan los límites de la norma literaria y sexual. En este recorrido, Perlongher no construye un canon estético neutral, sino una genealogía que permite leer el neobarroso como una práctica de insubordinación simbólica. La proliferación verbal, el exceso retórico, la sexualidad como eje relevante, la ironía, el lenguaje coloquial y el desborde semántico aparecen como formas de insubordinación frente a las economías normativas del lenguaje, en particular aquellas que regulan el cuerpo y el deseo. La escritura neobarroca en tiempos de censura funcionó como una estrategia política que intentó desestabilizar los regímenes de visibilidad dominante en el marco de una reapropiación cultural (Wasem, 2010).
El cuerpo, los cuerpos, el deseo desde su lado más carnal, los placeres del experimentar, el uso de “malas palabras”, abren paso a una escritura cargada de simbolismos a lo políticamente incorrecto. El primer poemario de Perlongher titulado Austria-Hungría (1980) representa un paralelismo entre situaciones similares a las de aquella Argentina, dejando ver a través de sus palabras los vestigios de lo que alguna vez fue un gran imperio, colmado ahora de guerras, violencia, segregación, dolor y violencia sexual, trazando una relación cercana con la historia. Allí los cuerpos muestran sus peores facetas, siendo estos repositorios de muerte y desorden: “La última dictadura de nuestro país, el nazismo, las invasiones, las luchas, las masacres punzan desde lo más profundo y emergen en los textos. En este sentido, los poemas refieren a lo que es y lo que no es, a lo que se dice y lo que no se dice; haciendo visible las tensiones que surgen para una palabra que se involucra con la muerte, la persecución y la desaparición” (Ybañes, 2013 p. 80). En la escritura de Perlongher, el cuerpo aparece como un territorio atravesado por fuerzas históricas, sociales y políticas: lugar de placer, pero también de violencia, control y exterminio. El deseo no se presenta como una esencia privada, sino como una práctica social situada, producida y regulada por dispositivos de poder que administran la vida, la sexualidad y la muerte. En este sentido, la política del lenguaje que propone el neobarroco rioplatense se articula con una política del cuerpo: allí donde la militancia orgánica había sido desarticulada por la represión, la escritura se vuelve un espacio privilegiado para reinscribir la disidencia en un contexto complejo para el país.
La literatura, las memorias y las producciones culturales funcionaron como herramientas fundamentales para la construcción de identidades y para la transmisión de experiencias que no encontraban lugar en los archivos oficiales ni en el espacio público normalizado (Simonetto, 2018). En el caso del ensayo Caribe Transplatino, Perlongher radicaliza esta herencia al convertir la experiencia disidente en materia poética y conceptual. La escritura se vuelve allí un territorio de experimentación donde el deseo no sólo se narra, sino que se performa, se desborda y se politiza. El ímpetu neobarroco invita a desdibujar las fronteras del cuerpo y el lenguaje. Esta invitación es frecuente en la retórica perlonghiana, que busca escapar de cualquier clasificación aún frente al peligro de la enfermedad.
¿La desaparición de la homosexualidad? Cuerpos y deseo en el escenario del VIH–SIDA
El ensayo La desaparición de la homosexualidad fue publicado en la revista El Porteño n° 119 en el año 1991, casi un año antes del fallecimiento de Néstor Perlongher. Aquí se formula una de las lecturas más críticas sobre los efectos políticos, culturales y subjetivos de la irrupción del VIH–SIDA en las comunidades homosexuales. El autor concibe esto como un acontecimiento histórico que reconfigura de manera profunda los regímenes de visibilidad, deseo y sociabilidad construidos durante la revolución sexual dada en las décadas previas. Pese a la palabra “desaparición” presente en el título, Perlongher aclara que no remite a la extinción de una práctica, sino al ocaso de una forma histórica de experiencia política: “La homosexualidad (…) desaparece del escenario que tan rebuscadamente había montado, hace mutis por el foro, se borra como la esfumación de un pincelito…” (Perlongher, 2016 [1991] p. 85). Esta desaparición no implica el fin del sexo entre varones ni mujeres, sino el final de una escena pública marcada por la fiesta, la orgía y la visibilidad política. Lo que se extingue es la celebración del apogeo, y con ella, la posible revolución sexual.
En esta lectura, la homosexualidad no aparece como una identidad esencial ni como una condición natural, sino como un dispositivo histórico producido por discursos médicos, psicológicos, familiares y mediáticos. Perlongher subraya que, aún en el momento de mayor visibilidad, la homosexualidad continuó siendo definida desde afuera, reinscripta en marcos ahistóricos que la fijaban como desviación y patología. La irrupción del SIDA intensificó este proceso: la sexualidad disidente volvió a ser objeto de intervención médica, clasificación epidemiológica y regulación moral.
Este proceso de medicalización y estigmatización de la sexualidad disidente no constituye una novedad ni tampoco es introducido por el VIH–SIDA, sino que se inscribe en una genealogía más amplia de medicalización de la diferencia sexual en la Argentina. Karina Ramacciotti y Adriana Valobra (2008) demuestran que la medicina funcionó como un dispositivo de normalización que articuló saberes científicos, discursos morales y preocupaciones eugenésicas para imponer un modelo de sexualidad basado en la heterosexualidad obligatoria, la complementariedad entre los sexos y el fin procreativo, patologizando las prácticas sexuales que se apartaban de ese ideal. Esta matriz produjo jerarquías sexuales y de género que habilitaron intervenciones sobre los cuerpos considerados “peligrosos” o “improductivos». En esta misma línea, Carolina Biernat (2018) permite observar cómo estos saberes médicos se tradujeron en prácticas jurídicas y punitivas concretas a partir de la Ley de Profilaxis Social nº 12.331 (1936). Al analizar las denuncias por contagio venéreo en la provincia de Buenos Aires entre 1936 y 1954, la autora muestra que las enfermedades sexuales fueron concebidas como un problema social y moral antes que sanitario, legitimando mecanismos de control, vigilancia y castigo. La judicialización del contagio operó como un dispositivo de disciplinamiento que produjo sujetos peligrosos, responsables y culpables, inscribiendo la sexualidad en el terreno del delito. Este análisis resulta clave para comprender cómo la asociación entre sexualidad, enfermedad y amenaza social ya formaba parte de un repertorio estatal y médico, que será reactivado décadas más tarde con la irrupción del VIH-SIDA.
La lógica que articula enfermedad, peligro social y responsabilidad moral reaparece con fuerza en el escenario del VIH-SIDA. La figura del “portador” o del “grupo de riesgo” reactualiza una matriz punitiva que jerarquiza cuerpos y sexualidades, desplazando el estigma hacia sujetos previamente marcados como “desviados”. Tal como advierte Perlongher, la homosexualidad vuelve a ser nombrada desde afuera, capturada por discursos médicos y mediáticos que la fijan como riesgo y amenaza, reinstalando una frontera entre vidas protegibles y vidas descartables. Ya desde los primeros años de la epidemia, el VIH–SIDA fue presentado en la prensa y el discurso público como una “peste gay” o “peste rosa” profundizando la patologización y criminalización tanto de personas homosexuales como de travestis. A través del uso reiterado de imágenes, relatos de pánico moral y asociaciones entre sexualidad disidente y contagio, estos discursos consolidaron la figura del cuerpo homosexual/travesti como cuerpo peligroso y contagioso. Sin embargo, Ferreira Veras (2017) subraya que esta violencia biopolítica no produjo solamente exclusión, sino que además habilitó formas de organización y obligó a repensar las agendas políticas de la izquierda latinoamericana, incorporando la sexualidad y la experiencia homosexual como dimensiones centrales de la lucha por la democratización y los derechos humanos, debate impulsado, por ejemplo, por Herbert Daniel en Brasil. En este sentido, la crisis del VIH–SIDA no sólo interrumpió la promesa emancipatoria de la revolución sexual, sino que reconfiguró el modo mismo de narrar la experiencia, en términos de Scott. La epidemia puso en evidencia los límites de las utopías sexuales previas y obligó a repensar las formas de politización del deseo.
“Abandonamos el cuerpo personal. Se trata ahora de salir de sí” es la frase final que Perlongher utiliza en La desaparición de la homosexualidad, condensando en una apuesta política y sexual con un tinte poético. Abandonar el cuerpo de una identidad fija, de cualquier categoría biológica, jurídica o política, establecer un devenir diferente al de las fronteras individuales y estables. En este gesto, Perlongher imagina una salida de la violencia disciplinaria que pesa sobre los cuerpos disidentes: no su normalización ni su inclusión regulada, sino su transformación en una fuerza indócil capaz de escapar a las clasificaciones que buscan administrarlos. Una lógica similar se plantea con el neobarroso: salir de sí para encontrar en esa incertidumbre un refugio político de existencia y creación.
Conclusión
La obra de Perlongher resulta especialmente significativa para pensar en prácticas que se dan en el presente: su escritura no sólo denuncia mecanismos históricos de exclusión, sino que también propone formas de resistencia frente a las tecnologías de normalización. El itinerario trazado a lo largo de este ensayo permite comprender que su trayectoria no representa una ruptura absoluta con su pasado militante, sino la metamorfosis de una praxis política que nunca pierde su sentido crítico sobre el mundo que habita. La transición que va desde la emergencia de la revista Somos hasta la densidad teórica de uno de sus últimos ensayos revela un desplazamiento estratégico: cuando la Revolución Sexual del Frente de Liberación Homosexual fue clausurada por el terror estatal, la militancia se desplazó hacia la textura misma del lenguaje.
El neobarroso emerge, entonces, no como un mero estilo estético, sino como la continuación de la trinchera por otros medios. Si en los años setenta el FLH disputaba su existencia desde la visibilidad y el derecho a la libertad, el neobarroso de Perlongher propone una guerrilla semántica que renuncia a la transparencia para refugiarse en el pliegue, el exceso y la opacidad. Representa una respuesta política al control: allí donde el Estado busca fijar, clasificar y normalizar el cuerpo, el neobarroso lo hace huir a través del lenguaje. Esta operación permite procesar una experiencia política que configura un proceso histórico de producción de subjetividad frente a la represión, el trauma y la derrota.
Finalmente, el ensayo La desaparición de la homosexualidad funciona como una especie de culminación de un proceso. Al advertir que la identidad homosexual corría el riesgo de ser capturada por la medicalización (en el marco de la crisis del VIH-SIDA) y por la normalización burguesa que se denuncia en el último número de SOMOS, Perlongher elige la fuga. Lo que desaparece no es el deseo, sino la categoría estática que el poder puede administrar bajo lógicas de patologización. La experiencia de la epidemia permite así observar una mutación de los mecanismos de regulación de los cuerpos: de la persecución y la censura hacia formas de clasificación, medicalización y estigmatización que vuelven a inscribir determinadas sexualidades en el campo de lo peligroso, lo anormal o lo amenazante.
Revisitar estas experiencias permite interrogar las continuidades y mutaciones de esas formas de control en el presente. Estas ya no operan exclusivamente mediante la censura o la persecución estatal directa, sino también a través de modalidades de regulación moral y estigmatización que reaparecen en discursos políticos, mediáticos y comunicacionales contemporáneos. En ellos persisten jerarquías de género entendidas como relaciones de poder que producen diferencias, establecen fronteras y definen qué cuerpos y deseos pueden ser reconocidos, protegidos o legitimados. La persistencia de estas lógicas no supone, sin embargo, una repetición idéntica del pasado: sus mecanismos, lenguajes y espacios de circulación se transforman, del mismo modo que se transforman las formas de resistencia. En este escenario, la invitación final a “salir de sí” de Perlongher representa el núcleo de una apuesta por un devenir indócil que nos desafía a pensar la disidencia no como una fuerza capaz de hacer estallar las categorías que buscan administrarnos. La experiencia de Perlongher permite, así, recuperar la sexualidad como una dimensión constitutiva de los procesos históricos: atender a los cuerpos, los deseos y las formas de subjetivación no supone agregar un aspecto marginal a la historia política, sino reconocer que también allí se disputan relaciones de poder, formas de ciudadanía y posibilidades de resistencia.
Bibliografía
Biernat, C. (2018). Cuando los enfermos van a la justicia. Denuncias por contagio “venéreo” y prácticas punitivas en la provincia de Buenos Aires (1936-1954). Historia y Justicia, (10).
Bock, Gisela (1991). La historia de las mujeres y la historia del género: aspectos de un debate internacional. Historia Social, 9, 55-77.
Cosse, I. (2017) Infidelidades: Moral, revolución y sexualidad en las organizaciones de la izquierda armada en la Argentina de los años ‘70. Prácticas de oficio, 1, 19.
De la Dehesa, R. (2007). El sexo y la revolución: la liberación lésbico-gay y la izquierda partidaria en Brasil. Revista de Estudios Sociales, 28, 44-55.
Palmeiro, C. (2011). Desbunde y felicidad: De la Cartonera a Perlongher. Orbis Tertius, 17, (18)
Ramacciotti, K. I., y Valobra, A. M. (2008). El campo médico argentino y su mirada al tribadismo, 1936-1955. Estudios Feministas, 493-516.
Rapisardi, F., y Modarelli, A. (2001). Fiestas, baños y exilios: Los gays porteños en la última dictadura. Editorial Sudamericana
Scott, J. (2016). Género: ¿Todavía una categoría útil para el análisis? La Manzana de la Discordia, 6, (1), 95-101.
Scott, J. (2001). Experiencia. La ventana, 2, (13), 42-74.
Simonetto, P. (2017). Entre la injuria y la revolución: el Frente de Liberación Homosexual. Argentina 1967-1976. Bernal: Universidad Nacional de Quilmes
Simonetto, P. (2018). Intimidades disidentes. Intersecciones en las experiencias de homosexuales y lesbianas en Buenos Aires durante los sesenta y setenta. Trashumante. Revista Americana de Historia Social, (11), 28-50.
Veras, E. F. (2017). Travestis: carne, tinta e papel. Editora Prismas. Capítulo 1 y 3
Wasem, M. (2010). Neobarrosos en contexto: genealogías y debates de una movida poética. En R. Carbone y A. Ojeda (Eds.), De Alfonsín al menemato 1983-2001: literatura argentina siglo XX. Buenos Aires: Paradiso; Fundación Crónica General.
Ybañez R. (2013). Escritura, cuerpo/s, sensualidad: La obra ensayístico-poética de Néstor Perlongher. Editorial UNQ.
Fuentes
Frente de Liberación Homosexual (1976). La crisis de la normalidad burguesa. Somos, (8). https://americalee2.cedinci.org/wp-content/uploads/2016/06/1976-01-FLH-SOMOS-8.pdf
Perlongher, N. (2016 [1985]). Historia del Frente de Liberación Homosexual. En Prosa plebeya (ensayos 1980–1992) (pp. 77–84). CABA: Ediciones Colihue. https://es.scribd.com/document/131801566/Nestor-Perlongher-Prosa-Plebeya
Perlongher, N. (2016 [1991]). La desaparición de la homosexualidad. En Prosa plebeya (ensayos 1980–1992) (pp. 85–92). CABA: Ediciones Colihue. https://es.scribd.com/document/131801566/Nestor-Perlongher-Prosa-Plebeya
Perlongher, N. (2016 [1991]). Caribe transplatino.En Prosa plebeya (ensayos 1980–1992) (pp. 93–102). CABA: Ediciones Colihue. https://es.scribd.com/document/131801566/Nestor-Perlongher-Prosa-Plebeya
[1] Colección completa digitalizada disponible en https://americalee2.cedinci.org/portfolio-items/somos/
[2] Nestor Perlongher denominó neobarroso al neobarroco al realizar un juego de palabras, relacionando este con la zona del Río de La Plata.
[I] Evelyn Michelle Argüello: Profesora de Historia, tesista de la Licenciatura en Historia, estudiante del Diploma de posgrado en Géneros, Feminismos y Derechos humanos y becaria de docencia e investigación del Departamento de Ciencias Sociales (UNQ).
